Cuando un cliente se marcha sin pagar, no solo rompe un acuerdo. También pone a prueba la confianza con la que muchas trabajadoras sexuales decidimos seguir tratando a las personas.
Hay historias que uno escribe para desahogarse y otras que escribe porque siente que sería un error callarlas.
Esta pertenece a las segundas.
Hace unos días me llamó un chico de unos treinta y tantos años interesado en tener una sesión conmigo. Hablamos con tranquilidad, le expliqué cómo trabajo, cuáles son mis tarifas y qué podía esperar de un encuentro conmigo. Le dije que una hora costaba 200 euros y que, si le interesaba, le enviaría toda la información por WhatsApp para que pudiera verla con calma y decidir sin presión.
Siempre trabajo así. Nunca intento convencer a nadie. Quiero que quien venga lo haga porque realmente le apetezca, no porque yo le haya insistido.
Al cabo de un rato me escribió para decirme que sí, que venía. Le respondí que no había ningún problema, que en mi casa le esperaba. Y seguí con mi vida.
Aquella mañana había decidido preparar una carne en salsa. No soy una gran cocinera, pero de vez en cuando me gusta meterme en la cocina y hacer algo con calma. Mi madre llevaba un buen rato esperando a que terminara para comer juntas y, además, yo tenía curiosidad por saber cómo me había salido. Mientras la salsa terminaba de hacerse, el cliente seguía sin aparecer.
Mas tarde recibo un mensaje algo que hoy, leído con perspectiva, tiene una ironía difícil de explicar.
«No me vayas a dejar tirado.» Le respondí exactamente lo que sentía. «Tranquilo. Estoy en casa. No tengo prisa. Aquí te espero.»
Porque soy así. Siempre he pensado que una sesión empieza mucho antes de que dos personas se desnuden. Empieza con la confianza. En la forma de hablarse. En cómo recibes a alguien que ha decidido recorrer kilómetros para conocerte.
Pasó el tiempo. Después pasó un poco más. Y después otro poco. Le escribía y ya no contestaba.
Mi madre ya se había cansado de esperar. Me insistía para que nos sentáramos a comer. Yo seguía diciendo que esperara un poco más, que el cliente estaba a punto de llegar. Al final acabamos discutiendo por una tontería de esas que solo pasan en casa. Ella quería comer. Yo no quería empezar a comer deprisa ni dejar un plato a medias, porque el cliente llamaría al timbre en ese momento.
Al final, después de pasar más de una hora, me puse a comer; tenía hambre. Y justo cuando estoy comiendo me llama. —Estoy aquí. Recuerdo perfectamente que pensé: «Bueno… al final me ha pillado comiendo.»
Le comenté que me había pillado justo cuando empezaba a comer. Después de más de una hora esperándole, acababa de sentarme a la mesa cuando me llamó para avisarme de que ya estaba en la puerta.
Sinceramente, entendí que viniera con ganas de empezar. Había hecho un buen trayecto en moto desde Madrid hasta Torrejón de la Calzada, y era lógico que estuviera cansado. Por eso no esperaba grandes disculpas ni una explicación interminable.
Pero sí pensé que tendría un gesto pequeño. Algo tan sencillo como decir: «Si quieres, termina de comer». No pasa nada, espero cinco minutos.»
Probablemente le habría respondido que no hacía falta y le habría hecho pasar igualmente. Pero el detalle habría estado ahí.
No ocurrió.
En aquel momento no le di importancia. Pensé que simplemente tendría ganas de empezar la sesión.
Hoy, cuando vuelvo a recordar aquella tarde, ese pequeño momento también adquiere un significado distinto. Porque muchas veces las personas empiezan a retratarse en los gestos más pequeños, mucho antes de que lleguen los grandes.
Cuando entró, me explicó que venía en moto y que por eso no había podido contestar a todos los mensajes.
Me pareció una explicación completamente lógica.
No sospeché absolutamente nada.
La sesión transcurrió con normalidad. Hablamos mucho. De hecho, le di clases de sexualidad, hablamos de cómo el porno ha influido en la forma en que muchos hombres entienden el sexo y de la importancia de escuchar a la persona que tienes delante. En algunos momentos tuve que corregirle ciertos gestos porque iba demasiado deprisa o repetía movimientos que parecían aprendidos de memoria. Me escuchó. Me hizo caso. Pensé que era un chico receptivo y educado.
Nada hacía pensar en cómo terminaría aquella sesión.
Con el paso de los días he vuelto muchas veces a los últimos minutos de la sesión. Hay detalles que entonces no entendí y que hoy veo de otra manera. Recuerdo que, cuando todavía quedaba tiempo, insistió en que ya quería correrse. Me llamó la atención porque quienes reservan una sesión normalmente también disfrutan del después: unos minutos de conversación, un masaje, el tiempo para volver a la calma antes de marcharse.
Cuando terminó, le dije que se tumbara un momento. Le propuse aprovechar el tiempo que aún quedaba para un pequeño masaje relajante.
No quiso. Insistía en que estaba bien y ya quería irse.
En aquel momento pensé que simplemente tendría prisa. Hoy, con la distancia que dan unos días, no puedo evitar mirar aquella escena con otros ojos.
Entonces ocurrió algo que todavía recuerdo palabra por palabra.
Se levantó y dijo con toda naturalidad: —Ah, el dinero lo tengo en la moto. No sé por qué respondí lo que respondí. Me salió solo. —Eso es un simpa. Y me dice: ¿Qué pasa, que te han hecho simpás?
Le conté que hacía años que nadie me hacía uno. Le dije que prefería seguir confiando en las personas y que nunca me había gustado cobrar antes de empezar una sesión, porque para mí la confianza también forma parte del encuentro. Le comenté que, además, hoy en día las profesionales hablamos entre nosotras y les ponemos en la Black List, que quien actúa así acaba cerrándose muchas puertas y que, sobre todo, me parecía una enorme falta de respeto.
Él asentía una y otra vez. «Claro, claro, claro…»
Todavía hoy me pregunto qué estaría pensando mientras hablaba de confianza.
Después se duchó. Cuando salió, el dinero ya no estaba en la moto. Ahora había que ir al banco.
Le dije que no había ningún problema. Que le acompañaba. Incluso le propuse ir juntos en mi coche. Aceptó. Pero, de repente, cambió de idea. Prefería ir él solo en la moto.
Me pregunté después por qué no le tomé una foto de la matrícula, por qué no le pedí el DNI o por qué no le impedí marcharse hasta cobrar.
La respuesta es muy sencilla. Porque no quiero vivir así.
No quiero recibir a una persona pensando que viene a engañarme. No quiero llegar al punto de tener que tomar fotografías de documentos o de matrículas. No quiero convertir la desconfianza en la puerta de entrada a mi trabajo.
Le seguí con el coche. En la siguiente esquina ya había desaparecido. Di una vuelta a la manzana. Y en ese momento comprendí que no iba a volver.
Durante estos días me he preguntado muchas veces qué es exactamente lo que más me ha dolido. Y la respuesta siempre es la misma. No fueron los 200 euros.
Si aquel hombre hubiera tenido un problema de verdad, bastaría con una llamada. Bastaba con un mensaje. Bastaba con decir: «Cristina, lo siento. Me he equivocado.»
Estoy convencida de que lo habríamos solucionado.
Lo que duele no es el dinero.
Lo que duele es descubrir que alguien ha compartido contigo un momento de intimidad mientras decidía no respetar la palabra que había dado.
Lo que duele es darte cuenta de que una persona puede pedirte confianza mientras, al mismo tiempo, se prepara para romper la suya.
Reconozco que, después de aquello, tuve pensamientos poco elegantes. Incluso pensé, con bastante sarcasmo, que quizá la moto decidiría algún día cobrarle los 200 euros que él había decidido no pagarme. Después se me pasó. Porque el enfado también tiene fecha de caducidad.
Lo que quedó fue otra preocupación.
Durante unos minutos pensé si tendría que empezar a cobrar siempre por adelantado. Sí, tendría que pedir el DNI. Sí, tendría que tomar fotos de las matrículas. Sí, tendría que mirar con sospecha a cada cliente nuevo.
Y esa idea me dio mucha tristeza. Porque entonces comprendí cuál había sido el verdadero simpa. No intentó llevarse solo 200 euros. Intentó llevarse también mi manera de confiar en las personas. Y eso sí que no pienso regalárselo.
Seguiré creyendo que la mayoría de la gente es honesta. Seguiré esperando a quien me avise cuando llegue tarde. Seguiré recibiendo a las personas con una sonrisa porque no quiero que una mala experiencia me convierta en alguien diferente.
Escribo este artículo porque me niego a normalizar que marcharse sin pagar a una trabajadora sexual sea una simple anécdota o una historia graciosa para contar entre amigos. No lo es. Es una falta de respeto.Y, sobre todo, habla de la clase de persona que uno decide ser cuando nadie puede obligarle a cumplir su palabra.
Si alguna vez lees estas líneas y sabes que hablan de ti, no espero una explicación. Las explicaciones se dan antes del silencio. Solo espero que algún día entiendas que el dinero siempre vuelve.
La confianza también.
Lo que cuesta mucho más recuperar es la dignidad cuando uno decide dejarla atrás por 200 euros.
Si este artículo te ha hecho reflexionar, compártelo. No para hablar de mí. Sino para recordar que el respeto nunca debería depender de la profesión de la persona que tienes delante.



