No me interesa el sexo por el sexo. Me interesa el placer: cómo aprender a darlo y recibirlo

He dado placer a muchísimas personas a lo largo de mi vida y durante más de quince años trabajando con la sexualidad. Muchas personas se han quedado sorprendidas al descubrir sensaciones que no conocían, formas diferentes de llegar al orgasmo o una intensidad que no habían experimentado antes.

Pero yo no he aprendido todo esto sola.

Una parte enorme de lo que sé hoy se la debo precisamente a las personas que han pasado por mis sesiones. A clientes que me enseñaron cosas sin saber que me las enseñaban, que tocaron mi cuerpo de una manera diferente, que hicieron algo que me sorprendió o me permitieron observar respuestas que yo todavía no conocía.

Algunos sí me han sorprendido mucho. Y probablemente hubo otros a los que, en aquel momento, no les di la importancia que merecían. Viví la experiencia, disfruté y seguí adelante sin detenerme a analizar qué habían hecho, por qué había funcionado o qué podía aprender de aquello.

Con los años eso ha cambiado. Ahora observo muchísimo más. Analizo lo que siento, lo que hago sentir y lo que sucede entre dos cuerpos. Voy incorporando lo que descubro y todo ese aprendizaje se suma a lo anterior.

Quizá precisamente por eso, después de más de quince años, hoy me resulta más difícil que alguien me sorprenda sexualmente.

No porque crea que ya lo sé todo —cuanto más aprendo, más consciente soy de todo lo que todavía puedo descubrir—, sino porque mi punto de partida ya no es el mismo. He acumulado miles de horas de experiencias, cuerpos, errores, descubrimientos y personas que también me han enseñado.

Y aun así sigo deseando que alguien me sorprenda.

De hecho, me encanta cuando ocurre.

Porque significa que todavía hay algo que no conocía.

Y esto me lleva a una de las cosas más importantes que he aprendido durante todos estos años: tenemos muchas ganas de demostrar lo que sabemos hacer y muy poca costumbre de escuchar el cuerpo que tenemos delante.

Sabemos posturas. Sabemos movimientos. Hemos visto porno. Hemos leído dónde está el clítoris, dónde está la próstata, qué puntos hay que estimular o cuánto debería durar una relación sexual.

Pero saber todo eso no significa necesariamente saber dar placer.

Y cuanto más tiempo llevo haciendo este trabajo, más clara tengo otra cosa que hasta a mí misma me resulta curiosa:

Antes de dar placer a otra persona, entiende algo: no la conoces

No existe una técnica que funcione igual para todo el mundo.

Puedes ser extraordinario con una persona y encontrarte completamente perdido con otra, porque cada cuerpo responde de manera diferente. Cambian la sensibilidad, la excitación, las experiencias anteriores, las hormonas, la edad, la confianza, las preferencias e incluso el momento concreto de ese día.

Por eso, cuando tengo una persona delante, no parto de la idea de que ya sé lo que tengo que hacer por muchos años de experiencia que tenga.

Empiezo observando.

¿Cómo respira? ¿Cómo mueve la pelvis? ¿Se acerca cuando la toco o se aleja ligeramente? ¿Se relaja o se tensa? ¿Qué ocurre cuando aumento la presión? ¿Qué pasa si la reduzco? ¿Responde mejor a algo lento o necesita intensidad? ¿Qué sucede si encuentro un movimiento que funciona y, en lugar de cambiarlo, lo mantengo?

El cuerpo está hablando continuamente.

El problema es que muchas veces estamos demasiado ocupados intentando demostrar lo buenos que somos en la cama como para escucharlo.

Déjate guiar: eso no significa que no sepas

Hay algo sencillísimo que mejoraría la vida sexual de muchísimas personas: perder el miedo a preguntar.

¿Así?

¿Más fuerte?

¿Más despacio?

¿Sigo?

¿Te gusta?

Enséñame cómo te gusta.

Hay quien piensa que hacer estas preguntas demuestra inexperiencia. Yo pienso exactamente lo contrario. Para mí, demuestra atención, seguridad y un verdadero interés en el placer de la otra persona.

Porque si te conozco desde hace veinte minutos, ¿por qué tendría que conocer tu cuerpo mejor que tú?

El problema es que aquí aparece algo que encuentro continuamente en mis sesiones: a veces la propia persona tampoco conoce su cuerpo.

No sabe guiarte porque tampoco sabe exactamente qué necesita y qué necesitas.

Hay personas que llevan años teniendo relaciones sexuales y, sin embargo, casi siempre han estado más pendientes de dar placer que de recibirlo. O de cumplir. O de penetrar. O de dejarse penetrar. O de reproducir la misma rutina una y otra vez.

Cuando les preguntas “¿qué te vuelve loco?”, realmente no lo saben.

Y para mí ahí empieza algo fascinante.

A veces intento descubrir un placer que ni la propia persona conoce

Esta es una de las partes de mi trabajo que más me gustan como sex coach práctica.

Hay personas que llegan pensando que conocen perfectamente su sexualidad y, durante una sesión, empiezan a descubrir respuestas de su cuerpo que nunca habían sentido.

Otras llegan convencidas de que son difíciles, de que tardan demasiado, de que no pueden tener determinados orgasmos, de que siempre necesitan lo mismo o, simplemente, de que “son así”.

Y yo empiezo a explorar.

Sin obligación de llegar a ninguna parte. Sin tener que demostrar nada. Probando, observando y escuchando la respuesta del cuerpo.

A veces aparece una sensación nueva. Después otra. Y de repente esa persona comprende que quizá el problema no era que su cuerpo no pudiera sentir, sino que nunca había recibido el tipo de atención o estimulación que necesitaba.

También quiero ser honesta: no me resulta igual de fácil con todo el mundo.

Hay personas cuyo placer consigo leer rápidamente y otras con las que me cuesta mucho más. Algunos cuerpos responden enseguida y otros necesitan tiempo, confianza, exploración o desaprender muchas cosas.

Y precisamente eso demuestra por qué no creo en las recetas sexuales universales.

Si existiera una técnica perfecta para provocar placer, después de tantos años yo ya tendría la fórmula.

No existe.

Existe aprender a leer a la persona que tienes delante.

Me he dado cuenta de que no me interesa tanto el sexo. Me interesa el placer

Esto lo he comprendido cada vez con más claridad.

A mí no me entusiasma tener sexo simplemente porque haya un cuerpo disponible, porque haya penetración o porque podamos hacer muchas prácticas diferentes.

Me interesa sentir.

Me interesa provocar placer y notar cómo la persona que tengo delante empieza a cambiar. Me gusta descubrir algo que funciona, comprobar cómo aumenta su excitación y saber qué está sintiendo de verdad.

Me gusta dar placer.

Y, por supuesto, me encanta recibirlo.

Pero hay algo que todavía me parece mejor: dar y recibir placer al mismo tiempo.

Ese momento en el que ambos sentimos, en el que no existe uno que hace y otro que recibe, en el que ambos cuerpos se comunican continuamente.

Para mí, eso tiene muchísimo más valor que decir que he hecho diez prácticas sexuales distintas durante un encuentro.

Puedes hacer muchísimo sexo y sentir muy poco.

Y puedes hacer, aparentemente, muy poco y alcanzar un nivel de placer extraordinario.

El orgasmo no tiene por qué ser un botón de encendido y apagado

Ya he explicado en otro artículo mi manera personal de entender los niveles del placer. Yo utilizo una escala para reconocer dónde está mi cuerpo: desde prácticamente no sentir nada hasta llegar a ese punto en el que el orgasmo se vuelve inevitable.

Con los años he aprendido que no siempre quiero correr hacia el máximo.

A veces lo maravilloso está en subir y quedarse muy arriba. Mantener ese estado. Disfrutarlo. Aflojar un poco y subir de nuevo.

En mi artículo sobre el squirting y el placer explico que muchas veces prefiero permanecer en un 9 o un 9,5 si puedo controlarlo, en lugar de correrme de inmediato al 10.

Para mí, conocer el propio placer también consiste en eso: aprender a reconocer esos estados y, cuando tu cuerpo te lo permite, manejarlos.

Pero cuando estás con otra persona aparece una dificultad añadida.

No basta con conocer tu escala.

Tienes que aprender a leer la suya.

Si noto que algo que estoy haciendo te está llevando de un cuatro a un seis, y después a un siete, no necesito cambiar de movimiento para demostrarte otras cinco cosas que sé hacer.

Y si consigo llevarte a un ocho o a un nueve, quizá lo peor que puedo hacer es parar justo entonces, porque a mí me apetecía cambiar de postura.

Parece una tontería, pero ocurre muchísimo.

A veces dejamos de hacer exactamente lo que estaba funcionando porque estamos más pendientes de nuestra cabeza que del cuerpo de la otra persona.

Dar placer no consiste en coleccionar orgasmos

Tampoco quiero convertir el orgasmo en un examen.

Sí, mientras te estoy tocando, pienso continuamente “tengo que conseguir que se corra”, tu orgasmo deja de ser tuyo y empieza a convertirse en una demostración de mi capacidad sexual. Necesito que te corras para demostrarme que soy buena. Y ahí ya dejo de escucharte.

Lo mismo ocurre cuando una persona está obsesionada con que su pareja llegue al orgasmo, con conseguir un squirting, con mantener una erección perfecta o con durar un tiempo determinado.

La presión entra en la cama.

Y el placer empieza a salir por la puerta.

Yo quiero llevarte al placer, observar qué sucede y aprender contigo hasta dónde podemos llegar. Si aparece el orgasmo, maravilloso. Y si aprendemos a permanecer durante más tiempo en niveles altísimos de placer, también.

Lo importante para mí no es presumir del resultado.

Lo importante es lo que tu cuerpo ha sentido.

Las creencias limitantes también se meten desnudas en la cama

Nuestro cuerpo nunca llega solo a un encuentro sexual.

Llegamos con todo lo que pensamos sobre él.

“No voy a llegar al orgasmo.”

“Seguro que pierdo la erección.”

“Me voy a correr demasiado rápido.”

“Necesito muchísimo tiempo.”

“No soy bueno dando placer.”

“Yo nunca he podido.”

“A mi edad ya no respondo igual.”

Todas estas ideas están presentes incluso antes de que alguien nos toque.

Y cuando entramos en una experiencia en la que predecimos constantemente lo que va a salir mal, dejamos de observar lo que de verdad sucede.

Hay personas jóvenes con una sensibilidad enorme y personas mayores cuyos cuerpos responden de manera distinta, pero que pueden alcanzar un placer extraordinario. Yo misma noto diferencias importantes según la edad, la sensibilidad, las hormonas y el momento vital de cada persona.

La edad cambia el cuerpo, evidentemente.

Pero cambiar no significa dejar de sentir.

Significa que quizá tengas que dejar de hacer lo que funcionaba hace veinte años y descubrir lo que funciona ahora.

Por eso me interesa tanto enseñar a las personas a conocerse. Porque cuanto mejor conozcas tu cuerpo, más fácil será también que puedas guiar a alguien para que te dé placer.

Puedes estar rodeado de sexo y no encontrar placer

He frecuentado ambientes swinger y otros espacios sexualmente abiertos.

En teoría podría parecer el lugar perfecto para encontrar personas con una enorme experiencia sexual. Hay libertad, desnudez, intercambio, cuerpos y personas acostumbradas a relacionarse sexualmente con otras personas.

Y, sin embargo, durante una época dejé de ir precisamente porque yo no encontraba placer.

Había mucho sexo, pero eso no significaba que supieran darme placer.

Esta diferencia me parece importantísima.

Puedes haberte acostado con cien personas y seguir repitiendo exactamente lo mismo con cada una.

Puedes conocer veinte posturas y no saber detectar que la persona que tienes delante lleva diez minutos deseando que cambies de ritmo.

Puedes considerarte muy experimentado sexualmente y no saber escuchar.

La cantidad de sexo que hayas tenido no determina automáticamente tu capacidad para dar placer.

La experiencia sirve cuando observas, aprendes y estás dispuesto a modificar lo que haces.

Yo misma sigo aprendiendo.

Por eso quiero volver a explorar algunos de esos ambientes y observarlos ahora desde el lugar en el que estoy hoy. Quizá encuentre otra sensibilidad. Quizá haya cambiado el nivel. Quizá también haya cambiado yo.

Pero lo que tengo claro es que estar rodeada de sexo no garantiza absolutamente nada.

Porque el sexo y el placer no son sinónimos.

Hay personas que saben dar, pero no saben recibir

Esto también lo encuentro mucho.

Hay personas a las que les encanta dar placer porque así controlan la situación. Son activas, saben qué hacer y se sienten seguras.

Pero cuando les toca recibir, no saben abandonarse.

Les cuesta dejar que otra persona marque el ritmo. Les cuesta no intervenir. Les cuesta decir lo que necesitan o simplemente quedarse sintiendo, sin pensar en qué deberían hacer a continuación.

Algunas llevan tanto tiempo acostumbradas a dar que apenas saben cómo recibir.

Y aprender a recibir puede ser mucho más difícil que aprender una técnica nueva.

Para recibir necesitas confianza. Necesitas atención. Tienes que permitir que otra persona explore tu cuerpo y, al mismo tiempo, ser capaz de guiarla cuando lo necesite.

También tienes que conocerte.

Si tú mismo no sabes qué te produce placer, la persona que tienes delante tendrá que descubrirlo contigo.

Y eso no es necesariamente malo.

Puede convertirse en una experiencia maravillosa si ambos entienden que no están haciendo un examen.

Están explorando.

Para mí, lo maravilloso es poder dar y recibir a la vez

Quizá esta sea una de las diferencias más importantes entre cómo vivía antes la sexualidad y cómo la vivo ahora.

No quiero limitarme a dar.

Tampoco quiero tumbarme y limitarme a recibir.

Quiero que circule.

Quiero sentir que estoy provocando placer y recibir una respuesta que también me lo provoque a mí. Quiero que el cuerpo de la otra persona modifique el mío y que el mío modifique el suyo.

Ese intercambio me parece muchísimo más potente que dividir una experiencia entre “ahora te toca a ti” y “ahora me toca a mí”.

Y cuando ocurre de verdad, muchas veces ya no sabes quién está dando y quién está recibiendo.

Los dos están sintiendo.

Eso es lo que busco.

Entonces, ¿cómo haces que una persona se quede con la boca abierta?

Después de tantos años quizá esperes que tenga una técnica secreta.

No la tengo.

Tengo experiencia, conocimientos, práctica y miles de horas observando cuerpos. Eso evidentemente me ayuda.

Pero la herramienta más importante que tengo es la atención.

No llegues pensando que ya sabes.

Pregunta.

Observa.

Toca y espera la respuesta.

Deja que te guíen.

Fíjate en la respiración, en los movimientos, en la tensión muscular, en los sonidos y en cómo cambia el cuerpo.

Si encuentras algo que funciona, no tengas prisa por demostrar todo lo demás que sabes.

Quédate.

Explora.

Y si la persona que tienes delante todavía no sabe guiarte porque tampoco conoce su propio placer, descubridlo juntos.

Quizá el verdadero nivel sexual no esté en cuántas posturas conoces, cuántas personas han pasado por tu cama, cuánto duras o cuántos orgasmos puedes presumir de haber provocado.

Quizá saber realmente de placer consista en algo mucho más difícil: ponerte delante de un cuerpo que no conoces, olvidarte por un momento de todo lo que creías saber y tener la sensibilidad suficiente para aprender a escucharlo.

Porque después de muchos años trabajando con sexo, cada vez lo tengo más claro:

No quiero simplemente tener sexo.

Quiero sentir placer.

Quiero darlo.

Quiero recibirlo.

Y cuando puedo darlo y recibirlo al mismo tiempo, entonces sí: ahí es donde empieza, para mí, una experiencia sexual que realmente merece la pena.

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