El squirting se está convirtiendo en un mito sexual
Cada vez veo más hombres obsesionados con el squirting y más mujeres preocupadas porque creen que deberían hacerlo.
Parece que, si una mujer no acaba empapando las sábanas, se está perdiendo algo. Y si lo consigue, entonces ha tenido un orgasmo espectacular.
Mi experiencia me dice que las cosas no funcionan así.
Con los años he observado mi propio cuerpo y también he acompañado a muchas personas en el conocimiento de su sexualidad. Y cuanto más conozco mi cuerpo, más líquidos produzco durante la excitación. Antes no me ocurría igual. Hoy noto que determinadas zonas internas se llenan, se hidratan y reaccionan de forma diferente cuando hay placer, relajación y una buena estimulación.
Por eso me cuesta creer que todo se reduzca a una explicación simple.
Además, no solo he observado este fenómeno relacionado con la vagina. También he visto respuestas parecidas en la estimulación anal. Eso me hace pensar que estamos hablando de una respuesta más amplia de toda la zona pélvica, de tejidos internos que reaccionan, se hidratan y acumulan líquidos cuando reciben placer y estimulación.
Lo que sí tengo claro es que muchas personas han convertido el squirting en un espectáculo.
Se vende como una habilidad especial. Como prueba de que una mujer ha alcanzado el máximo placer. Incluso hay quien lo utiliza como reclamo para diferenciarse sexualmente.
Yo no lo veo así.
Para mí, expulsar ese líquido o no hacerlo es algo secundario. Hay mujeres que lo hacen y otras que no. Hay mujeres que disfrutan de expulsarlo y otras que prefieren no hacerlo.
Personalmente, muchas veces prefiero mantener esa hidratación interna. Cuanto más lubricada está la zona, más cómoda suele resultar la penetración y menos posibilidades hay de molestias por la fricción. Mi atención está en las sensaciones, no en montar un espectáculo.
De hecho, creo que el squirting se parece más a una habilidad corporal que a una medida del placer. Igual que hay personas que aprenden a silbar, a mover determinados músculos o a controlar mejor ciertas partes de su cuerpo, algunas aprenden a expulsar ese líquido con mayor facilidad y otras no.
Pero eso no convierte a nadie en más sexual, más femenina ni más orgásmica.
El verdadero error es pensar que el objetivo del sexo es producir una imagen espectacular para demostrar algo.
El objetivo del sexo debería ser mucho más sencillo: sentir, disfrutar, conectar con el cuerpo y vivir el placer de la forma que mejor le funcione a cada persona.
El placer no se mide por la cantidad de líquido que sale del cuerpo. Yo lo mido en una escala del 1 al 10.
Y después de muchos años explorando mi sexualidad, he descubierto que el punto más placentero no siempre es llegar al 10 lo más rápido posible. Muchas veces está en permanecer en un 9 o un 9,5, disfrutando de todas las sensaciones que el cuerpo puede ofrecer.
Eso sí, siempre que puedas controlarlo.
Precisamente aprender a reconocer esos estados de excitación y a gestionarlos es una de las cosas que trabajamos en mis sesiones. Porque cuando entiendes cómo funciona tu cuerpo, puedes decidir si quieres mantenerte en ese estado de máximo placer durante más tiempo o subir hasta el 10 y correrte.
Para mí, ahí está la verdadera maestría sexual: conocer tu cuerpo tan bien que puedas decidir cuándo quieres llegar al 10.




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