Tener vulva o pene no debería decidir quién eres ni a quién deseas

Desde que nacemos, la sociedad convierte nuestros genitales en identidad, en normas y en una forma “correcta” de amar. Ahí comienza buena parte del problema.

El problema comienza prácticamente al nacer. Alguien observa los genitales de un bebé y, según tenga vulva o pene, decide si es una niña o un niño. Desde ese momento empieza a construirse todo lo demás: cómo debe vestir, qué juguetes debe utilizar, qué baño le corresponde, cómo debe comportarse, qué emociones puede mostrar y, más adelante, por quién debería sentirse atraído.

No estoy diciendo que no existan cuerpos diferentes. Estoy diciendo que tener vulva o pene no debería determinar quién eres, cómo debes vivir ni a quién puedes amar.

Sin embargo, desde la infancia nos separan. Baño de niños y niñas. Ropa para niños y niñas. Juegos, colores, comportamientos y expectativas diferentes. Esa separación se introduce cuando todavía somos especialmente vulnerables y creemos en lo que las personas adultas nos enseñan. Antes de que podamos descubrir quiénes somos, ya nos han explicado quiénes deberíamos ser.

Después crecemos y comienza la lucha de muchas personas por liberarse de aquello que les impusieron. Unas necesitan cambiar la forma en que son reconocidas. Otras descubren que sienten atracción por personas de su mismo género. Otras comprenden que el género de la persona que tienen delante les importa mucho menos que la química, el deseo, la conexión o el amor que surge entre ellas.

En algunos países, culturas y entornos se empieza a vivir la diversidad sexual con mayor naturalidad, especialmente entre parte de las nuevas generaciones. Pero no podemos generalizar. Hay personas jóvenes que crecen con mayor libertad y otras que continúan sometidas a normas familiares, religiosas y culturales muy rígidas. La edad no garantiza una mentalidad más abierta: todo depende de lo que se haya aprendido, de lo que el entorno permita y del valor que cada persona le dé a cuestionarlo. Todavía queda muchísimo por normalizar.

Dos hombres pueden atraerse. Dos mujeres pueden enamorarse. Dos cuerpos con pene o dos cuerpos con vulva pueden sentir deseo, ternura, placer y amor. ¿Qué hay en todo eso que resulte tan difícil de comprender?

Cuando surge una conexión entre dos personas, es por algo. No hace falta sentirla personalmente para reconocer que es real. Yo no tengo que experimentar exactamente lo mismo que tú para respetar lo que sientes. Eso se llama empatía. También es inteligencia emocional, sexual y cultural.

El instinto y la sexualidad no se desarrollan de forma aislada de la sociedad. La cultura decide qué deseos considera normales, cuáles tolera y cuáles castiga. Lo que en un lugar o en una época se vive con naturalidad, en otro puede convertirse en motivo de rechazo, vergüenza o persecución. Por eso muchas personas no viven según lo que sienten, sino según lo que creen que pueden permitirse sentir.

Vivimos demasiado pendientes de lo que dirán, de imitar al resto y de no salirnos de la norma. Y lo peor es que quienes obedecen esas normas también se alían para vigilar y castigar a quienes viven con mayor libertad. A veces lo hacen mediante el rechazo social; otras, a través de comunidades, instituciones y leyes anticuadas que terminan por complicar o destruir la vida de personas que no están haciendo daño a nadie.

A estas alturas de la vida me sigue pareciendo increíble que alguien no pueda comprender que dos personas del mismo género se atraigan. Pero todavía me sorprende más que no se limite a no entenderlo, sino que necesite juzgarlo, criticarlo, impedirlo o decir que le produce asco.

¿De dónde procede ese asco? ¿Es verdaderamente suyo o se lo enseñaron? ¿De dónde nace el reproche? ¿Por qué le molesta lo que otras personas hacen libremente, de manera consentida y sin perjudicar a nadie?

No necesitamos comprender cada deseo ajeno desde nuestra propia experiencia. Necesitamos aceptar que no somos la medida de todas las personas. Que algo no despierte mi deseo no significa que sea incorrecto. Que yo no viviría una relación determinada no me da derecho a despreciar a quienes sí la viven.

Para mí, la verdadera libertad comienza cuando el género deja de funcionar como una frontera. Cuando una vulva o un pene deja de marcar cómo tienes que comportarte, a quién debes desear y qué vida te está permitido construir.

Quizá no se trate de eliminar los cuerpos, las diferencias ni las identidades que cada persona elija para sí misma. Se trata de eliminar la obligación de vivir conforme a una categoría impuesta. Dejar de convertir los genitales en un destino.

Mi lema es sencillo: poner las cosas fáciles.

Si dos personas adultas se quieren, se desean, se respetan y no hacen daño a nadie, ¿por qué habría que complicárselo?

Y, sobre todo, ¿por qué no te da igual lo que hagan los demás?

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