Hay algo que nadie te cuenta cuando empiezas a trabajar con personas en el ámbito de la sexualidad: no se trata solo de lo que haces, sino de con quién lo haces.
Desde que empecé a considerarme coach sexual, pensé que mi trabajo era corregir, guiar, enseñar, y sí, lo es, pero con el tiempo entendí algo más importante: no todos los clientes están en el mismo punto ni buscan lo mismo, y cuando intentas tratar a todos igual es cuando empiezan los choques, la frustración y las malas experiencias. Lo que realmente marca la diferencia es aprender a identificar, casi en los primeros minutos, qué tipo de persona tienes delante.
Hay clientes que quieren aprender, y eso se siente enseguida porque escuchan, prueban, ajustan, no necesitan hacerlo perfecto, solo estar abiertos, y con ellos todo fluye, puedes guiar, proponer, explorar, y sobre todo notan la diferencia, sienten que contigo algo cambia, y por eso repiten, no por lo que haces exactamente, sino por cómo se sienten estando contigo.
Luego está el cliente bloqueado, el que quiere hacerlo bien pero no sabe cómo, se pierde, se pone nervioso, no coordina, y aquí el error sería explicar demasiado, porque no es falta de voluntad sino de conexión con su propio cuerpo, así que cuanto más hablas más se desconecta, y lo que realmente funciona es simplificar, reducir las indicaciones al mínimo, marcar ritmo con el cuerpo, con la respiración, con la presencia, porque cuando alguien está bloqueado no necesita teoría, necesita sentir sin presión.
También existe el cliente con ego frágil, que es especialmente delicado porque cree que lo hace bien aunque no siempre sea así, y cualquier corrección, incluso suave, puede vivirla como un ataque, aquí es donde entendí que no todo se corrige de forma directa, que guiar no siempre es decir, a veces es redirigir sin confrontar, reforzar lo que sí funciona y llevarle poco a poco hacia otro lugar con humildad. Hay que saber cuándo hay que callarse y yo a veces, no me callo. Algo que también estoy aprendiendo.
Después aparece el cliente automático, que está pero no está, va a su ritmo, no escucha demasiado, no conecta realmente con lo que ocurre, no viene a aprender sino a cumplir su idea, y aquí muchas veces caemos en insistir, en intentar cambiarle, pero cuanto más insistes más se rompe la experiencia, así que el cambio es interno, dejas de intentar enseñarle todo y te centras en sacar lo mejor posible de ese momento sin luchar contra lo que es.
Y por último está el cliente resistente, el que no escucha, no cambia, no se adapta, puedes guiar una vez, dos, pero llega un punto en el que tienes que ser honesta contigo misma y entender que no estás para arreglar a todo el mundo en una sesión, porque forzar solo genera tensión y la tensión es justo lo contrario de lo que buscas, así que a veces el trabajo bien hecho no es insistir más, sino saber parar.
Con el tiempo todo esto se resume en una sola pregunta que me hago casi al principio de cada encuentro: ¿esta persona quiere aprender o solo quiere hacer lo suyo?, y según esa respuesta ajusto la sesión, a veces con más coaching, otras con una guía mucho más sutil, y otras simplemente estando presente sin intervenir constantemente, porque uno de los errores más comunes es pensar que hacer bien el trabajo es corregir todo, cuando en realidad ocurre lo contrario, si corriges todo la otra persona siente que todo está mal y desde ahí nadie disfruta ni aprende.
Hoy lo veo de otra forma, no se trata de decir más cosas sino de decir las justas, en el momento adecuado y de la forma adecuada, y sobre todo entender que mi trabajo no es cambiar a todos, porque no todos los clientes están preparados para mejorar, no todos quieren hacerlo y no todos están en el momento adecuado, así que mi verdadero trabajo es saber leer a cada uno y adaptar la experiencia sin perder mi esencia, porque al final la diferencia no está solo en la técnica, sino en la sensibilidad para entender quién tienes delante.
Y recuerdo una vez que alguien escribió sobre mí algo así como que “un 99% no repetiría”, porque hablaba demasiado y corregía constantemente. No lo viví como un ataque, sino como el reflejo de una experiencia concreta, de alguien que no conectó con mi forma de trabajar en ese momento.
Porque a veces el sexo que trae una persona es tan distinto al de otra, tan repetido en sus hábitos, tan automático en su forma de hacer, que cuando se encuentra con algo diferente no coordina ni fluye, y esa primera experiencia puede sentirse incluso como un desastre.
No todos los encuentros encajan, no todas las personas buscan lo mismo, y no todas las formas de estar se encuentran en el mismo punto. Aquello no definía mi trabajo, solo describía un cruce que no funcionó.
Hay que aceptar que no siempre encajamos con todo el mundo.
Me disculpo con quienes no supe acompañar como necesitaban en ese momento



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