¿De qué sirve ser naturista si no puedes serlo en tu propia casa?

Ayer se celebró el Día Sin Bañador en una de las piscinas de Madrid. Y, como cada año, aparecieron los mismos comentarios, las mismas dudas y los mismos miedos.

Uno de los comentarios que más me llamó la atención fue: «Está bien, pero que no haya niños». Y pensé: ¿por qué? Los niños no nacen pensando que el cuerpo humano es malo. No nacen escandalizándose por la desnudez. No nacen asociando un cuerpo desnudo con algo vergonzoso o sexual. Eso lo aprenden después. Lo aprenden de los adultos. Por eso me parece curioso que muchas personas crean que el problema son los niños, cuando en realidad quienes lo tienen suelen ser los padres.

No podemos cambiar la mentalidad de generaciones enteras de la noche a la mañana, pero sí podemos educar a las nuevas generaciones para que crezcan viendo el cuerpo humano como algo natural. Y eso no significa obligar a nadie a desnudarse. Porque aquí está una de las mayores confusiones del naturismo.

El objetivo no es que todo el mundo vaya desnudo. El objetivo es que cualquier persona pueda elegir. Que puedas ir vestido si te apetece. Que puedas ir desnudo si te apetece. Y que ninguna de las dos opciones provoque escándalo.

Para mí, el naturismo nunca ha tenido que ver con la vergüenza. Sé que para algunas personas sí, pero no es mi caso.

Desde pequeña crecí con una relación muy natural con mi cuerpo. Nunca entendí por qué tenía que avergonzarme de algo que forma parte de mí. Y cuando descubres la sensación del aire sobre la piel, del calor, de la lluvia, del agua o simplemente de estar en casa sin capas innecesarias, te das cuenta de que muchas veces la desnudez no es una reivindicación. Es simplemente comodidad. Es bienestar. Es libertad.

Por eso me hace gracia cuando veo a personas que se consideran naturistas un día al año, en una playa aislada o en un recinto cerrado, pero después esconden esa parte de sí mismas del resto del mundo.

No lo digo como una crítica. Cada persona vive su proceso.

Pero me pregunto qué tipo de naturismo estamos construyendo si solo existe en espacios apartados y solo durante unas horas.

Yo misma vivo una contradicción que muchas personas naturistas conocen.

Tengo un padre que sigue viéndome como una niña. Que sigue juzgando mis decisiones. Que considera incorrectas cosas que para mí son completamente naturales.

Y aunque soy una mujer adulta, aunque he ayudado económicamente a mi familia y he hecho sacrificios importantes por ellos, sigo encontrándome con límites que me recuerdan que todavía hay personas incapaces de entender esta forma de vida.

Por eso sé que la verdadera barrera del naturismo no es la desnudez. La verdadera barrera es cultural. Es la mirada de los demás. Es el juicio. Es la idea de que un cuerpo desnudo debe ocultarse. Y hay algo más que casi nunca se menciona. Si tantas personas se consideran ecologistas, quizá también deberían reflexionar sobre la relación entre la ropa y el medio ambiente.

La industria textil es una de las más contaminantes del planeta. Genera residuos, explotación laboral, consumo masivo de recursos y toneladas de materiales sintéticos que terminan convirtiéndose en basura.

No estoy diciendo que dejemos de usar ropa. Estoy diciendo que quizá hemos normalizado un consumo excesivo que pocas veces cuestionamos. La ropa nos protege cuando es necesaria. Pero fuera de esa necesidad, ¿cuánta usamos por costumbre? ¿Cuánta por miedo al qué dirán? Tal vez el naturismo también tenga algo que enseñarnos sobre la sostenibilidad, la simplicidad y el consumo responsable.

Por eso, más que preguntarme cuándo llegará una sociedad donde todos vivan desnudos, me pregunto cuándo llegará una sociedad donde cada persona pueda decidir libremente cómo quiere vivir su relación con su cuerpo. Vestida o desnuda. Sin miedo. Sin escándalos.

Y sin que nadie tenga que justificar una elección tan simple como sentirse a gusto en su propia piel.

También me llama la atención otra contradicción: muchas personas se definen como naturistas, pero luego en su vida privada no se atreven a vivir como tal.

Porque una cosa es hacer naturismo en una playa, en una piscina concreta o en un espacio donde todo el mundo ha ido a lo mismo. Y otra cosa muy distinta es reivindicarlo en tu propia casa, en tu propio espacio, delante de tu pareja, tu madre, tu padre, tus hijos o tus compañeros de piso.

Ahí es donde empieza la verdadera lucha.

Si eres naturista, pero en el lugar donde vives no puedes estar desnudo porque alguien de tu entorno no lo entiende, entonces el conflicto no está solo fuera. Está dentro de casa.

Y entiendo que cada persona tiene sus circunstancias. Pero también creo que hay mucha hipocresía cuando defendemos el naturismo en espacios seguros y luego no somos capaces de defenderlo en nuestra vida cotidiana.

Para mí, el naturismo no debería ser algo que se practica solo cuando nadie conocido te ve. No debería ser una identidad de fin de semana, de vacaciones o de recinto cerrado.

El naturismo, si de verdad lo sientes, está en ti al cien por cien.

Y eso significa que también hay que tener conversaciones incómodas. También hay que luchar contra la mirada de la familia. También hay que explicar, poner límites y reclamar el derecho a vivir con naturalidad en nuestro propio espacio.

Porque si solo somos naturistas lejos de casa, lejos de la familia y lejos del juicio de los demás, entonces quizá no estamos transformando nada. Solo estamos escondiendo nuestra libertad en lugares donde nadie nos la discute.

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