Hoy he rechazado una cita. Y no porque no hubiera conexión ni porque él fuera irrespetuoso. De hecho, fué bastante correcto. Lo rechacé por algo mucho más simple: porque quería que yo fuera alguien que no soy.
Todo empezó como empieza casi siempre: “Me gustaría que me recibieras recién duchada, depilada, maquillada, con tacones…” Y cuando le dije que no trabajo así, que yo voy natural, sin maquillaje, sin tacones, sin interpretar nada… Me dijo: “Es una fantasía que tengo.” Claro. Y ahí está el punto.
La fantasía no es el problema. Todos tenemos fantasías. El problema es cuando crees que la otra persona está ahí para cumplirlas. Sin cuestionarlas. Sin límites. Sin personalidad propia. Como si pagar significara decidir.
¿En qué momento esto funciona así? Tú no vas a un restaurante y le dices al cocinero cómo vestirse mientras cocina. No vas a un terapeuta y le dices cómo tiene que hablarte.
Pero en este trabajo… sí. Aquí parece que todo vale. Que puedes moldear a la otra persona como quieras. Y no.
Yo no interpreto. Se lo digo claro: no hago fantasías. No interpreto. No me disfrazo. Hago sexo real. De ese que empieza dentro. De ese cosquilleo que sube… y acaba en un orgasmo de verdad. No en uno actuado.
Y aquí viene lo interesante. Cuando le expliqué todo esto… ¿Sabes qué pasó? No insistió. No presionó. No se enfadó. Al contrario. Me pidió disculpas. Me dijo que no había leído mi blog. Que entendía mis normas. Que respetaba mi forma de trabajar.
Entonces… ¿dónde está el problema? El problema no es él. El problema es todo lo que ha aprendido antes de llegar a mí. Porque esa idea de la mujer: con tacones, maquillada, perfecta, disponible, adaptable. No sale de la nada. Se ha construido durante años. Nos han enseñado un tipo de sexo que no es real : Un sexo visual. Un sexo de actuación. Un sexo pensado para mirar, no para sentir. Y luego pasa lo que pasa: que cuando alguien ofrece algo diferente… choca.
Y aquí cada una decide. Porque esto también quiero decirlo claro: no todas trabajamos igual. Y está bien. Pero yo no.
Podría haber aceptado. Haberme puesto tacones. Haberme maquillado. Haber hecho su fantasía. Y cobrar. Pero entonces ya no sería yo. Y eso, para mí, es más caro que cualquier sesión.
No soy para todos y eso no es un problema. Es justo lo que quiero.
Si buscas fantasía, hay muchas opciones. Si buscas algo real… entonces sí.
Y lo mejor de todo: la conversación terminó bien. Con respeto, con educación, sin forzar. Pero no hubo cita. Y aunque a veces no lo entienda,
hay personas que siguen eligiendo lo físico antes que una experiencia real. Yo no estoy ahí.
Prefiero perder un cliente que tener que disfrazarme y no ser yo 100% en mi trabajo.



