No es lo mismo. Y no pasa nada por decirlo.
Durante muchos años he sido sex worker.
Y hoy soy sex coach.
Lo digo así, sin maquillaje ni vergüenza.
Una sex worker ofrece un servicio sexual.
Puede haber conexión, cariño, placer, química…
Pero el objetivo principal es la experiencia sexual en sí.
Una sex coach acompaña procesos.
Trabaja con el cuerpo, la mente, las emociones, los bloqueos, la autoestima y la educación sexual.
El objetivo no es “hacerte venir”, sino enseñarte a sentir, a comunicarte y a disfrutar mejor, contigo y con otras personas.
Entonces… ¿por qué se confunden?
Porque el sexo sigue siendo tabú.
Porque mucha gente cree que aprender placer es “algo automático”.
Y porque no se entiende que el sexo también se entrena, se aprende y se transforma.
Mi caso
Yo no reniego de mi pasado.
Al contrario: mi experiencia como sex worker es una de mis mayores formaciones.
Gracias a esos años:
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Conozco el cuerpo real, no el de las películas.
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He visto inseguridades masculinas y femeninas de todas las edades.
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Sé qué bloquea, qué abre, qué asusta y qué libera.
La diferencia es clara: Antes ofrecía encuentros. Ahora ofrezco herramientas, consciencia y aprendizaje.
¿Puede haber placer en una sesión de sex coaching?
Sí.
Pero el placer no es el fin, es el medio.
El objetivo es que:
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Aprendas a dar y recibir.
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Pierdas miedos y vergüenzas.
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Dejes de “actuar” en la cama.
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Te reconcilies con tu deseo real.
En resumen
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Sex worker → servicio sexual
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Sex coach → acompañamiento, educación y transformación
Ambas profesiones merecen respeto.
Pero no son lo mismo.
Y yo hoy elijo estar aquí:
Enseñando a vivir el sexo con más libertad, menos culpa y mucho más disfrute consciente.
Hay sex coaching que no hacen la práctica. Yo creo que para aprender mejor cualquier dominio, con la práctica es lo mejor.



